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domingo, 24 de marzo de 2013

Fisiología del gusto, de Brillat-Savarin

Fisiología del gusto
J.A. Brillat-Savarin
Editorial Óptima
2001
Español
(Primera publicación en 1826 con el nombre de Physiologie du goût ou Méditations de gastronomie transcendante)


La gastronomía en nuestros días llena estanterías en las librerías, páginas en Internet y horas en los canales de televisión. Pero no siempre fue así. Con Fisiología del gusto, Brillat-Savarin situó a la gastronomía entre la ciencia y el arte, como un epicentro alrededor del cual todo el contexto humano gira de forma armónica.
A través de las ‘meditaciones’ que dividen en temáticas este tratado, el autor hace pasear a la gastronomía por todas las ciencias y asuntos del ser humano, con gran elocuencia técnica y literaria, intercalando notas coloristas mediante pasajes anecdóticos.
Comienza por la descripción de los sentidos, para pasar a centrarse en el gusto. De ahí, construye un relato en el que la necesidad de comer, así como el sentido del gusto, entre otras particularidades, colaboran en el desarrollo de la humanidad.
Todos los campos entran en contacto con la gastronomía: Fisiología del gusto trata sobre economía cuando se explica la influencia de la compra-venta de alimentos para una región; de política al mencionar los banquetes que facilitan los acuerdos; de arqueología, pues comer agudizó el ingenio para crear armas y artilugios; de medicina por la importancia que le dan los entendidos a la alimentación; de botánica con la introducción del azúcar en la dieta, pues era en la botica donde se despachaba; de química al explicar el comportamiento de los alimentos sometidos al calor; de cocina con las recetas y procesos para elaborar determinados platos; de crítica gastronómica, pues define con esmero los aromas, texturas, sabores de los alimentos; de protocolo, pues aconseja cómo recibir invitados y servir viandas; de historia al narrar las costumbres que han sobrevivido desde la Antigua Grecia o el Imperio Romano;  de etimología, ya que establece la denominación de gastronomía, desprovista de la relación con la gula, con la que cargaba hasta el momento; de tecnología al describir las formas de conservación de los alimentos. En resumen, una primera mirada al mundo de la gastronomía de forma ecuménica, que la eleva hasta considerarla como parte esencial de la existencia y desarrollo del ser humano.
A pesar de la riqueza que puede presentar este tratado, hay temáticas, sobre todo en torno a las costumbres sociales o las consideraciones sobre la mujer así como ciertas creencias sobre nutrición, que hay que saber interpretar desde la distancia y en su contexto. Si se hace, pueden resutar incluso capítulos humorísticos, al ver cómo han evolucionado ciertas creencias desde entonces. Sin embargo, se puede considerar como un tratado pionero que sentó las bases de muchas de las temáticas que aún se tratan en la actualidad en torno al mundo de la gastronomía. Una visión que tal vez pueda resultar desmesurada pero que dio protagonismo a un campo infravalorado hasta el momento. Una buena lectura para introducirse en este complejo y vasto mundo de la gastronomía.

Sobre el autor…
J.A. Brillat-Savarin (1755—1826) era jurista, pero con este libro, se le ha considerado como el primer literato gastronómico. Se publicó meses antes de que él muriera, quedando así ignorante ante el éxito que años posteriores adoptó. Es más, en su primera publicación, ni tan siquiera iba firmado.

martes, 5 de marzo de 2013

Olores que matan

Hay olores que alimentan, pero otros pueden llegar a matarte.
No ocupa el caso olores desagradables, causantes de arcadas como el de la putrefacción, sino aquellos que se desprenden de un cubierto, de una vianda, de un alimento.
Tampoco es el turno de los olores rancios de la grasa en suspensión impregnados en la ropa; o del regusto a cebolla macerada que se instala en la pituitaria durante horas eternas, tras pasar por la salida de humos de ciertos restaurantes.
Hay un olor que bien puede doblar el efecto mortal de todos estos olores. Un olor más desagradable, que si bien empieza alimentando los sentidos, acaba por minar la moral y hacer estremecer en mil rugidos al estómago más preparado. 
Un aroma tentador, vil, traidor. Un aroma que juguetea con el olfato, activa las glándulas salibales, conecta cual droga a tu imaginación y que, tras provocar el estallido de tus jugos gástricos, te devuelve mediante una bofetada a la realidad mediante el sentido de la vista. En un segundo, traduce tus percepciones sensoriales en insípidas, incoloras e inoloras. Así, cual jarro de agua fría, cae sobre tu mente para mostrar su origen. Un origen que explica lo mortal y decepcionante de dicho aroma: el olor a comida en casa del vecino. El aroma de los fogones a pleno rendimiento en una cocina que no es la tuya, en una cocina extraña, inaccesible.
Un aroma percibido al entrar en el rellano, a la puerta de casa, tras un día de ausencia, tras horas de soledad estomacal, sabiendo que hay alguien esperándote en casa. Los sentidos se han revolucionado, preparando el cuerpo para recibirlo. Pero tras el festival de imaginación y las percepciones casi sinestésicas provocadas por el hambre, abres la puerta y confirmas con terror que ese olor suculento no se estaba cocinando en tu casa, sino en la del vecino.
En un último acto de fe, te encaminas hacia la cocina, mas con desazón compruebas que no sólo no hay nada en preparación, sino que tus sentidos ahora están comatosos. Solo puedes percibir un vacío en el estómago, así como la decepcionante imagen de una cocina desierta.